Viernes 29 - Martirio de san Juan Bautista

Jr 1,17-19; Sal 70; Mc 6,17-29

Quiero que ahora mismo
me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista

Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la prisión por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado: Porque Juan decía a Herodes: “No te está permitido tener la mujer de tu hermano.” Herodías le aborrecía y quería quitarle la vida, pero no podía, pues Herodes temía a Juan sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oirle, quedaba muy perplejo y le escuchaba con gusto. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas aunque sea la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente a donde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la prisión y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cuerpo y le dieron sepultura.


Es el final de un valiente, que consciente de la misión que Dios le había encomendado, tenía que denunciar públicamente el pecado que era público. Es el final de todo el que se atreve a enfrentar a los fuertes y poderosos, que no permiten que nadie les eche en cara sus debilidades, abusos y miserias. Hoy somos testigos de muchos valientes que han caído bajo una lluvia de balas porque se han atrevido a cantar la verdad de sus miserias a autoridades caprichosas, despiadadas y déspotas que no han dudado en esclavizar y tiranizar  a sus pueblos y a encerrar en prisiones a quienes consideraban “enemigos políticos” para mantenerse en el poder, en nombre de la “Seguridad del Estado”. Para muestra basta un botón: Monseñor Oscar Romero. Al pié de su tumba oró Juan Pablo II. Y Benedicto XVI ha abierto las puertas al proceso de  su canonización.

Bendito seas, Señor,
porque regalas a tu Iglesia hombres y mujeres,
capaces de ser semilla que muere
para dar fruto abundante de santidad, justicia y paz.
Amén.


Escucha

 


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